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UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO


El invierno eterno

Cuando esta tierra sigue desde el sofá de su casa las evoluciones por la televisión de la tormenta perfecta la vieja fotografía nos trae aromas del invierno eterno.

Si la tormenta es perfecta cuando más daño hace y más molestias causa, cuando mueve los coches y arranca los árboles, el invierno eterno sería la sublimación del clima de esta tierra, de aquellos tiempos en los que el frío salía de las entrañas de la tierra y llegaba hasta las almas de sus habitantes.

Porque, por esa misma regla de tres, el invierno perfecto debería ser aquel en el que la nieve vigila y acompaña faenas tan primaverales como arar las tierras y sembrar esas patatas que, con la matanza del cerdo, han de ser la base del sustento de la familia durante todo el año. Una nieve que estrella un aire frío, casi cortante, contra los rostros de estas mujeres que continúan impasibles su faena. Un aire frío que va curtiendo (con la ayuda del sol en el mes de la hierba) esos rostros cobrizos, duros, atravesados de surcos que ara el tiempo y que tanto impresionan décadas después en esas fotografías de caras de mujer en primer plano.

Porque, siguiendo el mismo silogismo de la tormenta perfecta, una vida perfecta fue la de aquellas mujeres que sólo disfrutaron de poder trabajar desde el alba hasta el oscurecer.

Ful
Fulgencio
Fernández

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