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EL COLUMNISTA INVITADO / Juan Vallejo

De entre los muertos

Esto soñé. Y del tiempo, el homicida,
Que nos lleva a la muerte o fluye en vano,
Que era un sueño no más del adanida.

Antonio Machado
Todas las palabras reunidas en tu ausencia, todos tus cumpleaños se han dado cita en este calendario que recupera tu luz anudada. La última carta que escribiste, la que quedó en tu camisa, plegada, la de letra carcelaria, la que no pudiste entregar a los tuyos, la que escribiste en capilla, está aquí, leída por la franela de Zamora cuando el carcelero clavó su fusil en tu esternón para acuciarte la salida al matadero.
En un bolsillo del pantalón se funde el pedazo de grafito con el que escribiste tu libertad nueva con el humus de tu cuerpo. Los tordos y los vencejos se llevan por las colinas este sustrato para dibujar círculos entre las nubes. Por ellos batirá sus ángulos el trapecio del sol y celebrará tu nueva primavera por los carrascales.
El nuevo polen sobre la fosa común vio crecer estos montes y a tus ancestros obrar el carbón de los vegetales. Mueve el fósforo de tu lecho y adoba tus occipitales con néctar de amapolas robados en las lindes del penal de Burgos. En los metacarpios de tus manos, sangre de dioses derrama a la vez que acuesta jaldes, violetas y múrices en tus costillas. Todo el monte es dolor, el valle es dolor, el molino, la acequia, el horno, el pajar, la escuela de donde te robaron es dolor. Huérfanos de tus palabras, los niños oyeron a los pájaros escribirlas en los cristales en tanto que las desdibujaba su aliento incandescente. Tu nombre escullaba por el vaho orientando sus lágrimas hacia sus dedos para tener tus latidos cerca.
Los dientes de tu calavera todavía sujetan la mordaza que te pusieron para que en el paseo no pudieras gritar libertad, república. Un tapón amarrado a una rudimentaria correa silenciaba tu vida, el último adiós a tus tres pequeños, a tu madre enferma. Te tragaste las palabras junto a las balas. ¿Sabes? Un compañero tuyo recogía las mordazas del campo de la muerte y las arrojaba a un cubo de madera para luego deslavarlas y cerrar otras bocas. En tu mudez la mudez de tantos compañeros…en el bozal tus últimos besos, tu último aliento.
El guardapolvo, tu cartera con las tareas de los chavales, sus cartillas, las tizas de colores; todo se lo llevaron de tu mesa para el gran escrutinio. Junto al mástil de la tricolor quemaron los quijotes escolares, las cartillas del niño republicano a la vez que las pavesas hilaban tu memoria junto a la de tus colegas. Cuanto más atizaban la lumbre, más brillaban los planetas, más se iluminaban las estrellas.
Entumecidas las fallebas de las ventanas, oxidados sus alféizares, entornados los cuartillos sin otro aire que el de tu ausencia, llora la escuela. Los niños que adoctrinaste, siguen visitando los nidos que les mostraste el día de la puesta. Calandrias nuevas se asoman a la vega y el bosque es apto para el amor. El árbol idóneo para mataros ahora es útil para sus trinos, en él, ínsito habitas; también la loma y el muro del osario encienden tu libertad con el revuelo de los pajarillos. Siempre decías que el bosque no era lugar para matar a nadie. Ahora tu cuerpo es una luz que asciende por los árboles junto a la música de las aves que aguardan otro vuelo.
Las sábanas calientes que dejaste tras el arresto, las tiende la mañana, desliza por el huerto la quilla de su bordado con tus iniciales, las que tu madre cosió en carmesí. Los perros que criaste aún ladran el añil de tu ausencia, olisquean sin cesar el zaguán en donde cargabas tu pipa mientras leías. El bancal donde te sentabas, posa un delantal de ira con crestas de gallos junto a una guadaña. Recién peinada tu mujer unce la yunta, abraza las gavillas, hinca en la parva la horca en tanto que bate su última regla en el trillo, como un rescoldo en el que unta el sol sus mejillas. La luna repasa tu fosa dos veces cada día, envaina y desenvaina su sable de aortas a la vez que traza líneas de creta en los perlinos surcos, para que el alba sorba los besos que te dejamos en el musgo. Los muertos de tu entorno se sientan en tu tumba sobre encías de nieve. Fermentan tu sueño junto a sus sueños. Un haz de silencio sangra la hierba. No sabes bien cómo escuchan la vida que os quitaron. Un ágape de gorriones revuelve un fardo de espigas que el acarreo desprendió de su vaivén, mientras tus hijos lloran a sus hijos sobre el barbecho donde yaces. Plantan sus cabellos, sus ojos, sus manos plantan.
Las botas de los generales que desfilaron por el pueblo, aún clavan sus herraduras en el galipó. El árbol que te acompaña describe el asunto en su dendrocronología: un circular camino de encastadas noches por el que circula la savia ebria. El sable del oficial sagró la línea de muerte con su trazo de sienes rotas: ¡Apunten, disparen…! La razón, tan delicada ella sembró su serbal fruto. Tres balas en tu abdomen. Ahora habitas la construcción del universo, intemporal, expulsado del tiempo, en la alegoría de los poetas, en las metáforas del viento. Porque no pueden volver a matarte, porque tu memoria se agranda hasta en los no nacidos: así forma el futuro tu recuerdo, desdibujando de los muertos su clamor incompleto.
Eres otro siendo el mismo: estás en la Pedraja, en la Andaya, en Milagros, en Estépar, en Víznar inulto. Rorante el manto de tu genocidio espera el alba del alba del alba alba.
Juan Vallejo es pintor.

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