León y Astorga no son las únicas. Mansilla empieza a poner en valor su pasado. Almanza aún es el ‘patito feo’
Manuel C. Cachafeiro / León
Las murallas perdieron su razón de ser el día que dejaron de utilizarse para la defensa de pueblos y ciudades. Desde entonces viven una agónica decadencia. Más de dos siglos ya en los que han sido derribadas, reutilizadas para la construcción de viviendas...
Pese a su declaración como monumento, su suerte poco o nada ha cambiado. O ha cambiado en unos casos; en otros, siguen siendo víctimas del olvido.
De las cuatro más importantes de la provincia de León, su visión ha cambiado por completo en dos: León y Astorga; en otra (Mansilla de las Mulas) las cosas empiezan a cambiar, mientras en Almanza poco o nada se puede decir positivo.
Lo mismo que pasa ahora en esta villa leonesa, a medio camino entre Cistierna y Sahagún, ocurrió durante décadas en León. Nadie miraba por la conservación de un monumento que puede contar la historia de la ciudad. Astorga, santo y seña para tantas cosas del patrimonio leonés, ha visto también su muralla con luces y sombras durante décadas. Hoy, nadie lo recuerda, pero así fue.
Quizá sea su situación lejos de las principales carreteras, o la forma de ser apacible de sus gentes. Lo cierto es que Almanza a duras penas puede conservar su muralla como parte de su pasado histórico. Para el medievalista leonés Justiniano Rodríguez, la villa tuvo un origen mozárabe en las repoblaciones de la primera mitad del siglo X. Su nombre —Illa-Mansa— tiene para este historiador un significando de tierras mansas, dóciles para el cultivo. Sin embargo, para Menéndez Pidal, “Al-Manzah”, “el mirador”, nació en la ocupación árabe como lugar estratégico para vigilar la vega del Cea. Sea como fuera, en el Madoz de 1847 se asegura todavía que la tercera parte de la población se hallaba circunvalada por la muralla y dos fosos.
La muralla de Almanza data del siglo XII y está protegida por las leyes del patrimonio español de 1949 y 1985. Un cartel, bastante abandonado, así lo explica en una de las puertas que se conservan todavía. El resto del lienzo principal se mantiene en pie como tantas veces en este tipo de construcciones, por ser parte de casas y muros.
La Semana Santa de esta villa leonesa, conocida por sus estremecedoras ‘caídas’, juega también con el marco incomparable de su muralla, como los mercados tradicionales que se celebran en las fiestas patronales. Pero nada ha servido hasta ahora para poner en valor el monumento. Se podría decir que es el ‘patito feo’ de las murallas leonesas.
Ninguna administración ha dedicado fondos a su conservación. Bien es verdad que tampoco han sido muchas las peticiones que se han realizado desde el Ayuntamiento, que considera que debe emplearse el dinero antes en otras obras, aunque también es cierto que desde el Estado y la Junta nunca han tenido en cuenta la importancia de sus piedras, en una villa con gran potencial si fuera capaz de poner en valor todo su patrimonio histórico.
Donde sí están empezando a cambiar las cosas es en Mansilla de las Mulas. El interés de su alcaldesa, María Paz Díez, y el creciente tirón del turismo en la villa tras la apertura del Museo Etnográfico, han generado un cambio de mentalidad. En alguno de sus tramos es ya visitable y incluso cuenta con iluminación nocturna, aunque algunos de los focos han sido víctimas de los desaprensivos, que no sólo han acabado con la instalación eléctrica sino también con la protección de hierro y la estructura de hormigón.
Los estudios fijan el origen de la muralla de Mansilla en el siglo XII. Su propia historia muestra el desprecio por el que ha pasado desde hace siglos. Primero fue propiedad del Ministerio de Defensa, después pasó a Educación y finalmente a Cultura. Como en León, después de décadas de olvido, abandono y desidia, algo ha cambiado. Algunos de sus cubos se derribaron, otros se reconvirtieron en casas... quizá por eso también ha podido salvar gran parte de su recorrido.
Su recorrido sorprende al visitante. Por un lado da la sensación de un muro interminable, al estilo de Urueña, una población de Valladolid que está recuperando también su historia, y en la que la alcaldesa se mira para muchos de sus proyectos. Por otro, sorprenden sus cubos en medio de casas y fincas valladas. Algunos de hasta 14 metros de altura y tres de espesor. Construida en canto rodado y cal, tuvo cuatro puertas de las que se conserva completa una: el arco de Santa María o de la Concepción.
Historias unas y otras de murallas. Recintos que un día dejaron de tener valor, y que tanto está costando recuperarlo.