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PONFERRADINA, 0 - SANT ANDREU, 1 / La Crónica

Desde El Toralín a la gloria

La Ponferradina regresa a Segunda tras un dramático partido que resuelve Mackay en los penaltis

Jonathan Valle se escapa de un defensor del Sant Andreu en un instante de un partido que pasará a la historia. MAURICIO PEÑA / DANIEL

Javier Santiago / Ponferrada
Gracias a los dioses del fútbol por tanto sufrimiento. Por tantos minutos eternos. Por esas dos horas crueles. Gracias. Fue una tortura sí, pero ya se puede decir bien alto. La Ponferradina está en Segunda. El Bierzo está en Segunda. De nuevo, la gloria tiene color blanquiazul. Y ha sido gracias a un equipo de valientes, a una afición de valientes, a una tierra de valientes. A un montón de gente que necesitaba esta felicidad y ya la tiene. Es suya.
El fútbol es alegría y es fiesta, sí, pero también es sufrir. Es sufrir tan intensamente como ayer, en medio de un calor pastoso, de un reloj burlón y de unas emociones que no siempre son amigas. La Ponferradina sabía que eso estaba garantizado, que la victoria de la ida no había matado la eliminatoria. Pero el balón quiso rizar el rizo y convertir la tarde en un drama constante, en un nudo en la garganta espeso que duró tanto como el juego.
Y el juego duró una eternidad. Mil años comprimidos en 120 minutos interminables. Porque la prórroga fue la propina macabra que tenía guardada el partido. Pero la cosa fue dura desde el arranque. Como ya hizo en su casa, el Sant Andreu quiso mandar pronto. El destino le había obligado a ser valiente y asumió el reto. Se lanzó a gobernar el encuentro y lo consiguió. Asustó horriblemente con un mano a mano madrugador que salvó Mackay, siempre Mackay, y luego se quedó con la pelota.
Ante ese panorama, la Ponferradina respondió con sobriedad. A falta de inspiración y huecos para asustar en ataque, mostró la seriedad defensiva que le ha dado fama. Así, a pesar de los nervios, de la tesón y de más nervios todavía, redujo los argumentos ofensivos del rival a lanzamientos desde fuera del área sin excesivo peligro.
Jonathan Valle, empeñado en dejar alguna muestra de su magia, lo intentó con un buen lanzamiento de falta que se fue haciendo temblar a la red por el lado de fuera. Jano, espléndido como siempre en su trabajo defensivo, también pudo marcar aprovechando un córner, pero Morales lo evitó.
Y luego llegó el descanso, que no fue descanso, sino más nervios todavía. Y después, el fútbol se transformó en una película de terror. La música de los relojes, horriblemente lentos, bromeaba con el ritmo de los corazones, horriblemente rápidos. Y el Sant Andreu ponía más miedo y la Ponferradina más sufrimiento.
Para poner a prueba todos los corazones, Máyor marcó un gol que el árbitro anuló por un fuera de juego muy discutible. E inmediatamente después, Keko disfrutó de otro mano a mano que frenó heroicamente candela. Fue el minuto de los sudores fríos, de las dudas y de más dosis de sufrimiento para los blanquiazules. Pero entonces respondió la grada, ese Toralín enorme que ayer más que nunca fue un jugador más, que supo siempre cuándo hacía falta su aliento para reavivar las cosas.
El reloj, ya sin máscaras, se convirtió en el peor enemigo. Jugó con las ilusiones bercianas avanzando imperceptiblemente, como degustando cada segundo y como queriendo disfrutar de las caras desencajadas de tanta gente.
Y llegó un momento en el que sólo podía ocurrir algo malo. La Ponferradina, consciente de que no estaba siendo su tarde en ataque, apeló a su consistencia defensiva. ElSant Andreu, obligado a ser heroico, dio una vuelca de tuerca más al partido. Su técnico, en un gesto poco habitual, decidió cambiar a sus jugadores de tres en tres. Oxigenó de golpe a su once y se lanzó a buscar el gol que le diera vida.
Y el fútbol, a veces generoso, a veces cruel, quiso gestar una travesura. En el peor momento, envenenó una pelota traicionera que salió de un córner y se estrelló contra la cabeza de Nacho. Como en un mal sueño, voló amargamente hacia dentro de la portería.
Así, la Deportiva se quedó a ocho minutos de la gloria. A ocho tristes minutos que apenas sirvieron para pensar en la media hora extra que quedaba por delante. Es decir, sufrimiento, sufrimiento y sufrimiento.
Y ahí los blanquiazules gritaron bien alto una vez más que querían el ascenso. Se sobrepusieron a la desgracia del gol en contra y decidieron una vez más ir a por todas. La Deportiva, ahora sí, arrebató el mando del partido al Sant Andreu y fue más grande que nunca. Amenazó con coraje en la primera parte y en la segunda se volcó, con todo el Bierzo detrás peleando, gritando y animando para intentar aferrarse a su sueño.
Pero no fue suficiente. El fútbol aún tenía reservada más crueldad, quería recrearse en el drama, o disfrutar quizá del espectáculo de dos aficiones entregadas, de dos equipos dándolo todo por alcanzar la gloria. Y no permitió que David Malo atinase a enviar a puerta un balón que no pudo agarrar Morales. Y permitió que las piernas Rubén Vega dijesen basta. Y decidió el final más dramático posible, los penaltis. Una tanda larguísima en la que nadie quería fallar. Hasta nueve tuvo que marcar la Deportiva. Y entonces apareció Mackay. Tenía que ser Mackay. Tarradellas, como antes otros, se estrelló en su camiseta rosa. Y luego lágrimas. Pero ¡Sí! eran de alegría. La mayor alegría posible. La Deportiva y el Bierzo están de nuevo en Segunda.

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