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El Toralín explota de júbilo

La afición volvió a dar una lección y empujó al equipo hacia el ascenso

La afición llenó las calles de la ciudad después de conseguir el ascenso. MAURICIO PEÑA / DANIEL

N. S de Pipaón / Ponferrada
Al filo de las once de la noche, El Toralín explotó en una inmensa fiesta. Atrás quedaban nueve meses de trabajo, de pelea por el liderato del grupo I y de ilusiones que quedaban culminados con el segundo ascenso a la categoría de plata de la Deportiva Ponferradina. Un ascenso merecido, pero para el que hubo que sufrir.
Ponferrada amaneció blanquiazul. El sentimiento de poder hacer algo grande se contagió por todo el Bierzo. No había más color que el blanco y el azul, y todo el mundo contaba los interminables segundos para convertir El Toralín en su centro de operaciones.
Los jugadores no habían saltado ni a calentar al césped y la grada era una fiesta de ésas que enganchan. “La Deportiva es de Segunda” era uno de los gritos de guerra, mientras el himno deportivista ponía el ritmo a, casi, una celebración anticipada.
Ya se sabía que lograr el ascenso no iba a ser fácil pese el 0-1 de la ida. Y la grada, desde que comenzó el partido, se pegó a sus asientos, derrochó decibelios y exhaló un aliento al equipo para que noventa minutos después la fiesta la culminara el equipo con el regreso a la categoría de plata. Un impresionante mosaico con los rostros de los jugadores recibió a la plantilla para demostrarles que Ponferrada entera estaba con ellos. Unos se mordían las uñas, otros pedían un favor divino a la Virgen de la Encina que presidía El Toralín, y la mayoría no podía contener la respiración cuando el conjunto catalán avisaba con alguna que otra aproximación.
El nerviosismo se multiplicó en la segunda mitad. Comenzó a dominar el Sant Andreu, y a más de uno se le hizo un nudo en el corazón cuando Mayor marcó el 0-1, anulado para alivio de todos. Los minutos pasaban y el marcador no se movía. Faltaban diez minutos y la gente ya comenzaba la cuenta atrás para saberse equipo de Segunda División. Pero la mala fortuna condenó al 0-1 a la Deportiva. La grada se congeló.
“Alé, Deportiva, alé, alé...” gritaba entonces toda la grada al unísono para empujar al equipo en la prórroga hacia el ascenso. Y llegaron los penaltis, y el nerviosismo se multiplicó. Pero a la novena llegó Mackay. Y El Toralín explotó de júbilo.

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