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PASABA POR AQUÍ / Santiago Macías

‘Tauricidio’

La decisión del Parlamento catalán de prohibir las corridas de toros a partir de 2012 ha generado una cascada de reacciones con argumentos de lo más peregrino. El más recurrente cuando se trata de algo relacionado con Catalunya es convertir cualquier decisión democrática en un afán de nacionalistas y separatistas de borrar del mapa todo lo relacionado con España, como si los que estamos a favor de la abolición fuésemos antiespañoles. Sin embargo, quienes defienden tal argumento ni se inmutaron cuando hace apenas dos décadas el parlamento canario prohibió las corridas.
El monarca Carlos III, individuo poco sospechoso de antiespañol, hizo lo mismo durante su mandato. Hoy, pasados más de dos siglos, en España parece que muchos no han llegado a la Ilustración. El argumento también queda en entredicho viendo los resultados de una votación en la que CIU y PSOE dieron libertad a sus diputados, muchos de los cuales votaron en contra. PP y Ciutadans (valga la redundancia), se acogieron al ‘prietas las filas’, empeñados en ganar en Madrid lo que pierden a pasos agigantados en Catalunya.
Los defensores de las corridas se aferran a la libertad para defender su posición pues, según ellos, prohibir es de dictaduras. Pero me pregunto en qué estaban pensando tras la reciente prohibición del burka o si el día de mañana un gobierno prohíbe el aborto o el matrimonio homosexual. O, simplemente, qué opinan de la dictadura franquista.
Mención aparte para los que profetizan que la prohibición significará la extinción del toro bravo. No hay más que darse una vuelta por Asturias, Galicia, Cantabria o el propio Bierzo para comprobar que, a pesar de ser territorios sin apenas afición a los espectáculos taurinos, los toros se siguen criando sin necesidad de destinarlos a la lidia.
Y mientras tanto, la dignidad parece que no es suficiente argumento para justificar una medida así. Cualquier ser vivo con sistema nervioso sufre cuando recibe una agresión, y los humanos tenemos la responsabilidad sobre quienes no pueden defender sus derechos. No es, por tanto, una cuestión de gustos sino de dignidad.

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