Felipe Vega recibe la próxima semana el homenaje del certamen astorgano
Felipe Vega en el rodaje de ‘Elogio de la distancia’ y en un acto en Ponferrada. CECILIA ORUETA / GAZTELU
Joaquín Revuelta / León
De bien nacido es ser agradecido y Felipe Vega agradece el homenaje que el Festival de Cine de Astorga ha tenido a bien brindarle con la concesión del premio honorífico por su trayectoria profesional. El director leonés asegura que el homenaje de sus paisanos tiene para él una importancia relativa. “No debe entenderse como un desdén sino como el resultado de una educación –la de mi generación– en un mundo internacionalista y solidario. Todas las formas de nacionalismo me parecen restrictivas”, asegura el artífice de ‘El techo del mundo’, que reconoce sin embargo la existencia de una relación sentimental con la tierra. “El Premio Nobel africano Soyinka lo decía hace poco en un periódico. No existen los países, sino las rocas, el mar... En ese sentido, a mí me pasa igual. Existe el paisaje, existe la gente, y en cierto modo me da un poco igual de donde soy. Nací en León por casualidad y establecí una relación sentimental especial con un lugar donde había nacido pero donde no vivía y al que volvía. Todo eso sí que tiene un peso en mi trayectoria, pero nada más allá de eso”.
El destino de Felipe Vega como cineasta comenzó a escribirse cuando a la edad de 14 años tuvo en sus manos el primer tomavistas. “Me cuesta mucho imaginarme otra cosa, pero tengo que confesar que durante un tiempo contemplé la posibilidad de estudiar Antropología”. Vega nunca llegaría a cursar la carrera, pero a ningún buen conocedor de su obra se le escapa que ha desarrollado unamirada antropológica en sus películas y documentales. “Me alegra que lo digas, pues he sido como una especie de estudiante sin estudiar. Conozco los libros que leen los que estudian Antropología. Sí que es parte de mi formación”.
El director de ‘Elogio de la distancia’ reconoce que no existe un patrón establecido dentro del oficio de cineasta. “Al cine se llega por caminos insospechados. A mí se me ha asociado con la crítica, con el periodismo cinematográfico, y es cierto, pero yo aprendí el oficio trabajando desde los 19 años como ayudante de realización, realizador de publicidad durante muchos años, ayudante de cámara, ayudante de montaje... Al mismo tiempo he mantenido una relación de espectador, que no he perdido nunca y esa faceta es quizás la que te lleva de repente a encontrarte haciendo cine. En cualquier caso, creo que esuna mezcla de ambas cosas. Por un lado, reconozco que soy una rata de filmoteca, pero cuando empecé a ir a la filmoteca ya sabía técnicamente cómo se hacían las películas, porque así me ganaba la vida”.
Como buen seguidor de Eric Rohmer, el cine de Felipe Vega tiene mucho de estacional, de atmosférico, donde con frecuencia el entorno geográfico da la verdadera tonalidad de la historia. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la aparente liviandad de ‘Nubes de verano’, que tiene como escenario la Costa Brava, en contraste con la profunda erosión que el paso del tiempo deja en las relaciones afectivas en ‘Mujeres en el parque’, que Vega traslada a un marco urbano como Madrid. “Es verdad que para mí es inseparable, no sólo la topografía, la atmósfera que eso crea, sino su influencia sobre los personajes. Pienso que va todo en una dirección que me gusta pensar que es una especie de vocación de realismo, de un realismo que viene de mi pasión por el cine de Rossellini y de Renoir. Lo mismo pasa con Rohmer, que me encanta y me marcó desde que a los 15 años vi ‘Mi noche con Maud’. Pero en el fondo creo que no tengo tanto que ver con Rohmer, porque él es mucho más radical, mucho más riguroso y goza de una independencia artística mucho mayor, porque en la mayoría de los casos es su propio productor”, señala Vega.
Un defensor del cine europeo como Felipe Vega considera que sería una torpeza intelectual absoluta no reconocer la influencia ejercida por el cine estadounidense. De hecho se declara ferviente admirador del cine de Ford, Lubitsch y Hawks. “Lo que pasa es que he nacido en Europa y vivo en un ambiente europeo. Lo lógico entonces es que me influya cómo se hace cine en mi país y en las cinematografías cercanas como la francesa y la italiana. Soy de la opinión de que precisamente eso es lo que hace grandes a los cineastas norteamericanos, que son de allí y que cuentan desde allí las cosas. Cuando he viajado a Nueva York siempre me ha hecho gracia comprobar que no es la vida la que imita al cine sino el cine el que imita la vida. El aprendizaje es cuánta verdad captas de tu propia realidad”.
Esa constante búsqueda de la verdad ha marcado desde sus inicios al autor de ‘Mientras haya luz’. “Para mí es primordial contar historias con un gran sentido de la realidad, muy al contrario que el cine actual, que no sólo se aleja sino que hace gala de cierto delirio a la hora de abordar la realidad”.
Preguntado por la vigencia de su discurso sobre el racismo y la xenofobia en ‘El techo del mundo’, el director leonés apunta que más que sobre estos temas su película proponía una reflexión sobre la memoria histórica. “Lo que cuenta la película es cómo las personas que son de izquierdas se empiezan a alejar de su actitud vital. El personaje se está todo el tiempo cuestionando cómo se puede seguir siendo de izquierdas y la pérdida de la memoria le hace perderse definitivamente”, señala Vega. Una secuencia de esta película posibilitó un pequeño tributo por su parte hacia uno de sus colaboradores habituales, el escritor Julio Llamazares, al incluir una fotografía del rodaje de ‘Luna de lobos’. Sobre su colaboración con Llamazares, que también hace extensible alcaso de su otro guionista, Manuel Hidalgo, el director leonés señala que “parte de la amistad, un elemento generador muy positivo”. “Los dos son escritores y son narradores, y a pesar de las idas y venidas que sufren la estructuras de las películas, yo sigo creyendo en la narración. Esa relación, tanto con Julio como con Manolo, viene de que ellos también creen en la narración y necesitan de la narración”.
Actualmente Felipe Vega se encuentra inmerso en la adaptación a guión de la novela ‘La playa de los ahogados’, de Domingo Villar, una trama policiaca que no le quita tiempo para seguir madurando un documental-ensayo sobre ‘El río del olvido’, de Llamazares.