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dUNA IMAGEN Y 232 PALABRAS





Desde el tendido de los sastres

No me gustan los toros (la llamada fiesta de los toros) pero no me puedo sustraer a la magia de sus palabras, de sus ritos.

Siempre me pareció una de las más bellas historias populares, que habla de la picaresca y la vida, aquella de las gentes a las que llamaban ‘El tendido de los sastres’, aquella reunión de quienes no tenían dinero para entrar a las elitistas (el menos por sus precios) plazas de toros y se reunían en los alrededores del coso para seguir las incidencias de la corrida por los ruidos que les llegaban desde el interior del recinto. Mucho más importante que el buen hacer de los toreros era su propia fantasía a la hora de soñar los lances de la lidia.

Las leyendas de los toreros me parecen únicas y forman parte de nuestra vida, ahí está el “hay gente pa to”. Pero no conozco una mejor para humillar a bravucones que la de aquel viejo ‘maestro’ que acudió a Madrid en tren para torear en Las Ventas.

Por Despeñaperros el tren sufría subiendo cuestas, prácticamente hasta detenerse, y su cuadrilla bromeaba diciendo que tendrían que empujar.

Llegaron a la capital de España, se asearon, colocaron sus corbatas y al caminar por el andén el viejo tren disparó una ráfaga de humo, vapor y ruido. El torero se limpió y se encaró con el tren: “Esos cojones en Despeñaperros”.

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Mauricio
Peña

Ful
Fulgencio
Fernández


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