Era la fiesta del pastor pero los pastores saben que el único imprescindible en esta celebración, y en este oficio, no es el pastor sino el mastín. Por eso posan como si fuera el cartel de ‘El hombre que susurraba a los mastines’.
Saben que uno de los más graves problemas que tienen los dueños de los rebaños, los señores de la trashumancia, es encontrar pastores, un oficio tan sacrificado y singular que sólo soportan aquellos que no han conocido otro.
Pero hablan de la dificultad de encontrar pastores porque son conscientes de que siempre encontrarán mastines (tan necesarios como los pastores) pues estos perros jamás olvidarán que su oficio es tan viejo y tan duro como el del pastor, pero ellos nunca van a abandonar, en su genética -ésa que les hace unos seres nobles, bellos y potentes- está no rendirse jamás, seguir siendo los guardianes de los rebaños, los amigos de los dueños, los juguetes de los niños, los defensores del terreno. Sólo ellos saben que su vida es vigilar desde un punto en el que ven llegar al lobo y pueden proteger al rebaño. Allí vigilan, sin moverse, las horas que haga falta. Se jugarán la vida por hacer su trabajo.
Hasta la enciclopedia más friki y lejana dirá en la entrada del mastín: ‘‘Nunca dudará en dar su vida para proteger a sus amos o a su rebaño’’.