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DEPRESIONES / Germán Valcárcel Río /

Los frutos de la reforma

La sentencia declarando no culpable al ‘honorable’ expresidente de la Comunidad Valenciana, señor Camps, no ha hecho otra cosa que confirmar lo que ya sabíamos: nuestro país sigue siendo el encanallado por siglos de dominio moral, político y cultural de la iglesia católica, el de “viva las caenas” y ha corroborado que nuestra transición política solo fue un pacto para esconder la podredumbre de una derecha genocida y xenófoba –acaba de fenecer uno de sus más preclaros especímenes entre honores y gaiteros– a la que sus portavoces mediáticos e intelectuales intentan edulcorar reescribiendo y falsificando el pasado. La modélica transición española también sirvió para difuminar la derrota de unas clases populares marcadas por el miedo, la humillación y la pérdida de memoria, una clase obrera (el neoliberalismo globalizador nos recuerda todos los días que Marx vive) adormecida durante los últimos tres decenios por una impostada socialdemocracia que ablanda sus convicciones cuando percibe la cercanía del poder, la cual durante sus largas vacaciones en los años del franquismo, interiorizó que llueve mucho a la intemperie y en las casas desnudas de la ‘izquierda utópica’ entra siempre la niebla y el frío en los días de invierno, pero el ‘trato’ no ha impedido a los verdaderos amos del poder llevarse el brasero cuando les ha venido en gana.
Lo que está ocurriendo en estos tiempos en nuestro país me ha hecho recordar palabras leídas en libros ya arrinconados, entre ellas una frase de Albert Camus dedicada a nuestra guerra civil: “Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aun así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres en el mundo consideran el drama español como su drama personal”. Tengo la impresión que aquella fue una derrota interminable.

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