La verdad es que al entrañable Mauri todo le vale para hacer una buena fotografía. Viajando a su lado se hace evidente esa afirmación que repiten los fotógrafos de que lo importante es el ojo, no la cámara, ni el objetivo.
Va camino de Castrotierra, sabe que la romería le dará imágenes para este rincón, gentes singulares, pero de repente frena, se apea, coge la cámara y se pone a disparar a los viñedos como si temiera que se pudieran escapar.
Y ahí está la imagen. Y las vides y todo lo que han sido en esta tierra. Para ellos, para que un día sean buen vino piden agua muy cerca de allí los procuradores de la Tierra, bailan al viento los pueblos su pendón.
Todo para obtener el viejo y eterno vino, tan diferente según los tiempos. Fue antes aquel vino de las tabernas, el que se sacaba de la cántara, el que dejaba la redonda marca del vaso en la madera del mostrador, el que se trasegaba cada día en el bar, a todas horas, y el mismo que llenaba las botas para llevar a la siega, a los largos días de arada, a la mina, al andamio...
Después pasó de ser vida a ser cultura, la cultura del vino en vaso grande de fino cristal, el que hay que mover y oler antes de paladearlo, el que no mata las penas sino que luce las cenas...
El vino tiene tiempos, pero son las mismas vides, las de la foto.